Origen: las altas montañas de Filadelfia, Caldas. Mi abuela llevaba en la sangre la terquedad de mi bisabuelo, un arriero que abría caminos de niebla a lomo de mula, y con esa fuerza levantó a sus doce hijos al calor del fogón de leña.
El rito: a las cuatro de la mañana, mientras el rocío congelaba los cafetales, el aroma a leña y aguapanela nos devolvía el alma al cuerpo.